"Era evidente que del tono que el venezolano
le pusiera a su intervención dependerían
los resultados de "la cumbre".
Chávez hubiera podido hacer un discurso
con una enorme carga probatoria sobre el
inmediato pasado del presidente colombiano
y literalmente lo hubiera liquidado".
por ALPHER ROJAS CARVAJAL
La vigésima conferencia de la Cumbre de Río era un escenario que presagiaba la profundización de la crisis diplomática entre los principales países bolivarianos, y que pondría a prueba la solidez y el liderazgo del sistema interamericano para la solución de conflictos hemisféricos.
Los truenos desafiantes y los vientos huracanados que se enseñorearon sobre la región a partir de diciembre de 2007, con la primera "piedra" contra la mediación del presidente Hugo Chávez y la facilitación de la senadora Piedad Córdoba, señalaban que este clima de confrontación habría de contaminar las relaciones con los vecinos más cercanos, identificados con la ideología socialista del presidente Chávez.
Y no por simple solidaridad política sino por la inocultable circunstancia de que por segunda vez el gobierno de Uribe Vélez apelaba a las estrategias de unilateralidad y guerra preventiva (hijas de la doctrina de la seguridad) para intervenir de manera violenta en territorio extranjero y, en el primer caso, "secuestrar" al guerrillero Rodrigo Granda en la capital venezolana y, en el segundo, bombardear sin aviso previo a un grupo insurgente y asesinar a su comandante Raúl Reyes en el espacio territorial del Ecuador.
A lo largo de estos cinco años y medio la Cancillería ha ejercido una labor subalterna –orientada por el departamento de estado de USA-, signada por el clientelismo y la concupiscencia consular, fruto del talante del presidente Uribe Vélez y de su escasa capacidad de selección de cuadros directivos.
La prolongada crisis de la canciller Consuelo Araujo, cuya familia resultó involucrada en los procesos de la parapolítica le produjo al gobierno nacional un desgaste del cual nunca pudo levantarse completamente, ni siquiera utilizando el juego simbólico de poner a la cabeza de la diplomacia a un ex secuestrado -también de apellido Araujo y ex convicto de un proceso penal en "Chambacú", Cartagena- que había sido rehén de las FARC-EP durante seis años.
La designación de cónsules como Jorge Noguera en Italia, ex jefe de la policía secreta (DAS) para ponerlo a salvo de la investigación de la Fiscalía por la comisión de delitos de fraude electoral y paramilitarismo, y de embajadores (en Chile) como Salvador Arana, hoy prófugo de la justicia por paramilitarismo y otras muchas perlas más, revelan el concepto de Uribe Vélez sobre la cancillería colombiana del siglo XXI.
Así, la eléctrica atmósfera advertida en la reunión previa del Comité permanente de la OEA, y la balbuciente presentación del embajador Camilo Ospina, pusieron en evidencia la precaria capacidad de la cancillería colombiana para actuar en tiempos de crisis.
De manera que quien sustituyó la débil voz del canciller fue el presidente Uribe Vélez con su típica personalidad nada próxima a la diplomacia y su perversa estratagema de defenderse atacando, mediante la exhibición de unos documentos cuya solidez probatoria no resistía el menor análisis.
Con este manojo de papeles Uribe se aproximó al sobrio escenario de Santo Domingo, en donde su lamentable coherencia discursiva tuvo momentos de drama al perder la capacidad de articular hipótesis con certezas.
Por contraste, las intervenciones brillantes de Rafael Correa, "Uribe: Su insolencia le hace más daños al pueblo ecuatoriano que sus bombas asesinas", Daniel Ortega, el antiguo comandante guerrillero con su carga de experiencia en el conflicto centroamericano, Evo Morales y su dignidad de gobernante popular, la argumentación precisa y elocuente de Cristina de Kishner, y el discurso autonómico del presidente Calderón de México, le pusieron el tono de jerarquía internacional al evento.
Pero, aparte el dominio diplomático y la audacia conciliadora (¿¡) del presidente dominicano Leonel Fernández, la figura de más alto kilaje, hacia la cual se dirigían todas las miradas y estaban alertas los oídos y los medios, fue la del presidente Hugo Chávez. Era evidente que del tono que el venezolano le pusiera a su intervención dependerían los resultados de "la cumbre". Chávez hubiera podido hacer un discurso con un enorme acervo probatorio sobre el inmediato pasado del presidente colombiano y literalmente lo hubiera liquidado. Tal vez lo vio muy pequeño. O, mejor, muy subordinado a EE.UU.
Chávez dejó en el ambiente la sensación de un ser humano superior, con su sentido del buen humor y la calidez de su comunicación se apreció interesado en el bienestar y prosperidad de los pueblos latinoamericanos y en la solución de los conflictos del hemisferio. Formuló varias propuestas de salida no sólo para superar la confrontación diplomática, sino para negociar políticamente el conflicto interno armado de Colombia. Allí cobró de nuevo su liderazgo continental.


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